UNA TARDE DE VERANO EN HUARAZ

UNA TARDE DE VERANO EN HUARAZ






Por: César Augusto Gonzales Quiñones

Era una tarde de verano, hacía tres meses que había acabado el colegio; yo salía a hacer ciclismo desde Huaraz hasta Jangas (40 kilómetros); a la salida de Huaraz me encuentro con una amiga de mi promoción llamada María, y me dice, ¿A dónde vas?, y le respondí, a hacer un poco de deporte, a lo que respondió, ¡Vamos!, entonces yo le dije, ok, está bien, te espero; dentro de unos minutos salió de su casa con su bicicleta montañera (todos los huaracinos de la ciudad tienen una) y nos fuimos; los días anteriores que fui a hacer lo mismo, todo fue sin novedad; pero esta vez que me acompañó ella empezaron a pasar cosas algo extrañas; cuando estuvimos a medio camino aproximadamente no agarró una tormenta inesperada, asunto extraño dado que en Huaraz sabes en qué momento lloverá puesto que hay un proceso visual en el que tú ves que las nubes negras se juntan y eso, pero en esta oportunidad todo ello pasó en veinte minutos; pasó de un cielo azul a un cielo gris y un relámpago seguido del trueno dio la introducción a una tormenta espantosa.

Era difícil avanzar en plena lluvia, y aún así se pudiera, era peligroso por los rayos dado que a esa distancia estábamos lejos de la ciudad y fuera de la protección de los pararrayos. Obligados a buscar refugio descendimos de nuestras unidades lineales y empezamos a caminar en busca de un árbol o algo; a pesar de tener batería en nuestros celulares carecíamos de una antena cercana o de un repetidor satelital que nos de señal. Ella temía porque le había dicho a su familia que demoraría a lo mucho 7 horas, yo no había dado información a mi madre en casa; ambos preocupados de lo que puedan pensar nuestras familias. Estaba oscureciendo y de tanto ver qué hora era y de ver si teníamos aun que sea una rayita de señal, ya se iban descargando nuestros teléfonos.

Nos alcanzó la noche, el cielo aún nublado y lloviendo; ambos estábamos empapados. Decidimos cambiar de árbol, buscar un nuevo refugio o algo que esté seco, así que en plena lluvia montamos en nuestras bicis y emprendimos nuevo viaje; ya no por la pista central ya que seríamos blancos de los ladrones o secuestradores, nos fuimos más al fondo cuesta arriba; de pronto ella empezó a gritar como si hubiese visto una aparición de la virgen María; me alarmé y logré ver qué era; una casa que desde nuestra posición se veía chiquita por la distancia pero con la forma de una estructura grande, por fin un lugar que muy posiblemente nos podrían prestar un teléfono fijo o por lo menos un techo.

Poco a poco nos íbamos acercando y para sorpresa nuestra no era ni grande y mucho menos tenía apariencia de que alguien viviese ahí; era una choza abandonada de cinco metros cuadrados en el medio del campo. Decepción, por un lado, pero por otro un lugar donde protegernos ya que el piso estaba seco. Cuando vimos la última raya de batería, eran ya las nueve de la noche; no nos quedaba otra que pasar la noche ahí. Estábamos solos, ella y yo; no había forma de hacer una fogata ya que no había ni piedras ni leña, nuestras ropas húmedas, obscuridad absoluta, no dudamos en sacarnos las vestimentas por prevenir enfermedades; no nos veíamos nada en absoluto, solo palpábamos el escenario para conocer el lugar a través del tacto encontrando solo el piso de tierra y las pareces de adobe y el frío era terrible.

Pasaba las horas y tan solo conversábamos sobre los acontecimientos del colegio, las travesuras que hacíamos entre todos, los eventos chistosos entre compañeros, etc.; los dos estábamos tirados en el piso mirando hacia el techo de paja; ninguno intentaba cruzar miradas ni nada, solo conversábamos. De pronto, un relámpago seguido de un trueno dio paso a un segundo turno de lluvia torrencial; ella temblaba y también yo. Nuestra visibilidad se fue aclarando debido al proceso de adaptación óptica, pero la obscuridad era más y tan solo nos podíamos ver apenas. Entre luchas de sueño y frio, ella se quedó media dormida, yo estaba en proceso de dormirme, pero no podía con el frío; entonces, siento que ella, estando a medio metro, voltea hacia mí y se aproxima, pone su brazo sobre mi pecho y mano caía hacia mi rostro y me dice, abrázame por favor, tengo mucho frío, me lo dijo sin abrir los ojos, solo movió sus labios casi morados ya.

María era una compañera de colegio, durante todo el periodo escolar estuve enamorado de ella, hoy lo llamaría más bien un gusto, era atractiva, me gustaba mucho; nunca se lo dije ya que no me atrevía o temía a que me rechace o es que la veía muy inalcanzable. Entonces, en el momento en que puso su brazo sobre mi y me dijo que la abrazada, también añadió: Sé que tienes enamorada ahora, y también sé que yo te gustaba en el colegio; durante todo ese lapso estuve esperando desesperadamente que me dijeras algo, o que me dieses alguna señal de que yo te gustaba, porque también yo estaba y estoy enamorada de ti.

Me quedé frío, efectivamente desde primero a cuarto grado estaba enamorado de ella, hasta que llegó Fiorella Palacios, entonces poco a poco dejé de estar enamorado de María y tan solo quedó como un gusto físico y ya no emocional. Entonces Fiorella era mi enamorada, desde mediados de cuarto grado hasta después del colegio.

Volviendo a escena, ella, con los ojos cerrados, continuó: No te pido nada, no pido que la dejes ya que te vi y veo feliz con ella, no te pido que le faltes a ella conmigo, solo te pido que me des esta noche para estar juntos; desde que se culminó el colegio me arrepentí el no haberte dicho nada y maldecía mis días creyendo que nunca más te volvería a ver y lo único que pedía a Dios es que me dé una última oportunidad de verte; no sabes las ganas que tengo de tomarte ahora, besarte y que me hagas el amor como tanto lo he deseado por todo este tiempo; pero no lo voy a ni siquiera a intentar por respeto a ti y a tu actual pareja.

Confieso ahora que en ese momento deseé besarla ya que desde mis 11 a 16 años de edad había tan solo imaginado sus labios en los míos, imaginado tan solo cómo era tomar su mano entre las mías; deseé tomarla en ese momento y hacerle el amor ahora con más seguridad sabiendo que ella también estuvo y estaba enamorada de mí; pero no pasó más allá de un deseo por que a pesar de que estuvimos solos, dispuestos a entregarnos el uno con el otro no se dio. Tan solo la abracé y nos quedamos dormidos abrazados; fue uno de los momentos más hermosos de mi vida, ya que por un lado tuve toda una aventura en todo el término de la palabra con la chica que había deseado todo este tiempo, ni le falté ni a ella ni a Fiorella porque nunca pasó nada; entendí en todo momento que desear en ese momento a María era faltarle sí, pero tan pronto como se dio la oportunidad se lo conté a Fiorella; gracias a Dios me entendió y me creyó que no había pasado nada.

Amanecimos con la compañía de cantos de pajaritos, un sol radiante, nuestras ropas ya secas, nos miramos, reímos de lo que pasó, nos vestimos y nos fuimos para Huaraz.

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